Las personalidades encapsuladas son víctimas de un control excesivo de sí mismas y de un temor a dejar salir el otro yo y sus emociones. La necesidad de control emocional es la creencia de que si no tengo bajo control todas mis emociones deberé considerarme una persona débil, inadecuada o irracional. Los que poseen esta idea, piensan que la represión de los afectos y pensamientos es una muestra de su grado de fortaleza, mientras que la liberación de las emociones es vista como un exabrupto o un signo de estupidez o de mal gusto. Su filosofía es «no demostrar lo que siento y pienso», aunque me asfixie en el intento.
Judith era una mujer de mediana edad que había sido remitida a mi consulta porque presentaba un trastorno de ansiedad generalizada. Rápidamente me di cuenta de que estaba ante una personalidad encapsulada. Cada movimiento suyo estaba calculado fríamente y cada palabra, pensada y repensada. El recato y la formalidad que manifestaba eran tales que uno terminaba inconscientemente comportándose de manera similar para no incomodarla. Expresaba muy pocas emociones y se sentía muy molesta si las personas eran simpáticas y afectuosas con ella (esposo e hijos incluidos). Consecuentemente, el humor o cualquier otra manifestación de alegría no tenían cabida en su vida.









