Había peces jamás vistos, plantas de ningún jardín, libros de imposibles librerías.
En la feria de la calle Tristán Narvaja, en Montevideo, había cerros de frutas y calles de flores y habían olores de todos los colores. Había pájaros musiqueros y gente bailandera y había predicadores del cielo y de la tierra, que subidos a un banquito gritaban su mensaje final. Los predicadores del cielo proclamaban que era llegada la hora de la resurrección; los de la tierra anunciaban la hora de la insurrección.
Había quien deambulaba entre los puestos de venta, ofreciendo una gallina, y la llevaba caminando, atada del pescuezo, como perro; y había quien vendía un pingüino que por error había llegado a nuestras playas desde las nieves del sur.








En cuanto te enamoras de ti mismo, empiezas a enamorarte de muchas personas, y poco a poco ese espacio crece y crece. De pronto un día descubres que en él está incluida toda la existencia, que el amor ya no va dirigido a nadie en particular, que simplemente está ahí para que cualquiera lo tome... fluye. 
