martes, 22 de junio de 2021

EL AMOR Y EL EGO


He oído contar la historia de un antiguo y majestuoso árbol, cuyas ramas se extendían hacia el cielo. Cuando llegaba la estación de las flores, mariposas de todas las formas, tamaños y colores, bailaban a su alrededor. Las aves de países lejanos venían y cantaban cuando sus flores maduraban y fructificaban. Las ramas, como manos extendidas, bendecían a todos los que acudían a sentarse bajo su sombra.

Un niñito solía venir a jugar junto a él y el gran árbol se encariñó con el pequeño. El amor entre lo grande y lo pequeño es posible, si el grande no es consciente de su grandeza. El árbol no sabía que era grande, sólo el hombre tiene ese tipo de ideas. La prioridad de lo grande siempre es el ego, pero para el amor no hay grande o pequeño; el amor abraza a quienquiera que se le acerque.

Así, el árbol comenzó a amar a ese pequeño que solía venir a jugar cerca de él. Las ramas eran altas, pero las inclinaba hacia el niño, de modo que pudiera coger sus flores y frutos. El amor siempre cede; el ego nunca está dispuesto a inclinarse. Si te acercas al ego, sus ramas se estirarán aún más arriba, se pondrá rígido para que no puedas alcanzarlo.

El niño juguetón se acercaba a él, y el árbol inclinaba sus ramas. El árbol se alegraba mucho cuando el niño cogía algunas flores; todo su ser se llenaba con la alegría del amor. El amor siempre está feliz cuando puede dar algo; el ego siempre está contento cuando puede obtener algo.

El niño creció. A veces dormía en el regazo del árbol, comía sus frutos y en ocasiones lucía una corona con sus flores y actuaba como un rey de la jungla. Uno se vuelve como un rey dondequiera que haya flores de amor; y uno se vuelve pobre y lleno de sufrimiento siempre que las espinas del ego están presentes.

El niño creció aún más. Comenzó a trepar por el árbol para balancearse en sus ramas. El árbol se sentía muy contento cuando el niño descansaba en sus ramas. El amor se siente feliz dándole comodidad a alguien; el ego se siente feliz incomodando a todo el mundo.

Con el paso del tiempo, el niño recibió el peso de nuevas tareas. También surgió la ambición; tuvo que pasar exámenes; tenía amigos con los cuales solía conversar y curiosear; por tanto, no acudía con frecuencia. Pero el árbol le esperaba ansiosamente. Desde su alma le llamaba ‘¡Ven, ven! Te estoy esperando’.

Pero a medida que crecía, el niño visitaba cada vez menos al árbol. El hombre que se vuelve mayor, cuyas ambiciones crecen, encuentra menos y menos tiempo para el amor. El muchacho se hallaba ahora absorto en los asuntos mundanos. Un día que pasaba por allí, el árbol le dijo: ‘Te espero siempre, pero no vienes. Te espero todos los días’. El muchacho le contestó: ‘Qué quieres? Por qué debo venir? Tienes dinero? Ando en busca de dinero’. El ego siempre actúa según razones. El ego acudirá sólo si con ello se cumple algún propósito. Pero el amor es inmotivado. El amor es su propia recompensa.

El tiempo pasó, y el hombre era ahora un anciano. Una vez pasó por allí y se detuvo junto al árbol. El árbol le preguntó: ‘¿Qué más puedo hacer por ti? Has venido después de mucho, mucho tiempo.’

El hombre le dijo: ‘Qué más puedes hacer? Quiero viajar a países distantes para ganar dinero. Necesito un bote para poder viajar’. Con alegría el árbol dijo: ‘Pero, eso no es un problema, querido. Corta mi tronco y haz un bote con él. Estaré muy contento de ayudarte a que viajes a países lejanos a ganar dinero... Pero, por favor recuerda que siempre estaré esperando tu regreso.

El hombre trajo una sierra, cortó el árbol, fabricó un bote y se fue. Ahora el árbol era una pequeña cepa. Y sigue esperando, a que su amado regrese. Espera, espera y espera.

El hombre nunca regresará; el ego sólo va allí donde puede obtener algo, y ahora el árbol no tiene nada, no tiene nada absolutamente que ofrecer. El ego no acude allí donde no puede lograr algún beneficio. El ego es un eterno mendigo, siempre pidiendo, exigiendo algo.

Una noche yo me encontraba descansando cerca de esa cepa. La cepa susurró: ‘Ese amigo mío aún no ha regresado. Estoy muy preocupado: puede que se haya ahogado, que se haya perdido. Pudo haberse extraviado en uno de esos países lejanos. Puede que haya muerto. ¡Cuánto deseo tener noticias suyas! A medida que me acerco al fin de mi vida, me sentiría satisfecho al menos con las noticias de su bienestar. Entonces podría morir contento. Pero él no vendría ni aunque le llamase, porque ya no me queda nada que dar, y él sólo entiende el lenguaje del obtener, del recibir.’ El ego sólo comprende el lenguaje de obtener. El amor es el lenguaje del dar.

Si la vida pudiese ser como ese árbol, extendiendo ampliamente sus ramas, de modo que todos y cada uno pudiéramos guarecernos bajo su sombra, entonces podríamos comprender lo que es el amor. No existen escrituras, mapas o diccionarios para el amor. Tampoco existe un conjunto determinado de principios.

Yo estaba preguntándome acerca de lo que podría decir respecto al amor. Es difícil describirlo. El amor está simplemente presente. Probablemente puedes verlo en mis ojos, si vienes y los miras. Me pregunto si se le puede sentir como cuando mis brazos se extienden para abrazarte.

El amor. Qué es el amor? Si no lo sientes en mis ojos, en mis brazos, en mi silencio, nunca podrás entenderlo con mis palabras.



FUENTE: OSHO: Del libro ‘Del Sexo a la Superconsciencia’, Capítulo 1, tomado de la dirección internet www.oshogulaab.com/OSHO/TEXTOS/delsexo1.htm, Bogotá, nov-03

domingo, 20 de junio de 2021

EL AFERRAMIENTO PROPIO


 

EL MONJE NAGSEN


El emperador Malind envió a buscar al muy respetado monje Nagsen para agraciar a la corte. El mensajero llegó donde Nagsen y le dijo: ‘Monje Nagsen! El emperador desea verte. He venido a invitarte’.

Nagsen le contestó: ‘Si deseas que vaya, iré; pero deberás perdonarme, pues no hay ningún Nagsen aquí. Es sólo un nombre, un nombre temporal’.

El mensajero informó al emperador de que ese hombre era un hombre muy extraño. Había contestado que ira, pero que allí no había ningún Nagsen. El emperador quedó atónito. Nagsen llegó a la hora convenida en un carruaje real, y el emperador le recibió en la entrada.

-Monje Nagsen, te doy la bienvenida! -exclamó.

Al oír esto, el monje comenzó a reír: ‘Acepto tu hospitalidad como Nagsen; pero por favor recuerda que no hay nadie que se llame Nagsen’.

El emperador dijo: ‘Estás hablando en forma enigmática. Si tú no eres tú, quién ha aceptado la invitación? Quién está respondiendo a esta bienvenida?’

Nagsen miró hacia atrás y dijo: ‘No es éste el carruaje en el que vine?’

‘Sí, éste es’.

El monje dijo: ‘Por favor, suelta los caballos’. Así se hizo. El monje preguntó, señalando a los caballos: ‘Es éste el carruaje?’

El emperador respondió: ‘Cómo pueden los caballos ser llamados un carruaje?’ A una señal del monje los caballos fueron desenganchados y a otra señal suya, las varas utilizadas para atar a los caballos fueron también retiradas.

‘Son estas varas el carruaje?’

‘Cómo pueden estas varas ser llamadas un carruaje?’

Entonces fueron desmontadas las ruedas.

‘Son estas ruedas tu carruaje?’

‘Por supuesto que no; éstas son las ruedas y no el carruaje’.

El monje siguió ordenando que desensamblaran todas las partes, una por una, y respecto a cada una de ellas el emperador tuvo que decir que no eran el carruaje. Finalmente, no quedó nada. El monje preguntó: ‘Dónde está tu carruaje ahora? Respecto a todas y cada una de las partes que fuimos quitando, afirmaste que no eran tu carruaje... Entonces dime, dónde está ahora tu carruaje?’

El emperador quedó asombrado ante esta revelación.

El monje prosiguió: ‘Me entiendes? El carruaje era un montaje. Era un conjunto de cosas. El carruaje no tenía un ser propio. Por favor, ve donde está tu ego, tu ‘yo’. Verás que el ‘yo’ no está en ninguna parte: es una asociación de muchas energías, y eso es todo. Piensa en cada uno de tus miembros, en cada uno de tus aspectos. Todo será eliminado, una cosa tras otra y, finalmente, sólo quedará la nada. El amor surge de esa nada, pero tú no eres esa nada: esa nada es Dios’.



FUENTE: OSHO: Del libro ‘Del Sexo a la Superconsciencia’, Capítulo 1, tomado de la dirección internet www.oshogulaab.com/OSHO/TEXTOS/delsexo1.htm, Bogotá, nov-03

sábado, 19 de junio de 2021

SI YA NO TE AMA: ¿PARA QUÉ LA ESPERANZA?


 

DEBE DE SER MUY DIFICÍL EMPEZAR DE NUEVO



Pensamientos catastróficos ante el futuro.
"Debe de ser muy difícil empezar de nuevo"

Si estás pensando que lo que viene es terrible, mi respuesta es, una vez más, depende. La gente que termina una relación tiende a ubicase en dos extremos: están los que "vuelven a nacer" y se pellizcan para estar seguros de no estar soñando, porque han tenido relaciones espantosas y los que deben elaborar un duelo complicado, porque la relación no era tan mala.

Por lo general, pasados los tres primeros meses, si la relación no fue la mejor del mundo, las personas comienzan a renacer de sus propias cenizas. Pero si la relación era relativamente buena y la ruptura tuvo lugar porque nos cambiaron por otro u otra, la cuestión puede requerir ayuda profesional. En estos casos, aunque la autoestima y el orgullo herido tardan en levantar cabeza, a veces la mejor cura es una nueva relación, cariñosa y tranquila. La ternura tiene un efecto sanador en las almas aporreadas por el desamor o el engaño, incluso más que algunos fármacos.

Algunas personas piensan que: "Más vale malo conocido que bueno por conocer", y de esta manera evitan tener que empezar de nuevo. Lo único que logra este tipo de solución es el problema se multiplique de manera exponencial, porque lo "malo" se hace "intolerable". Una mujer reincidente con él mismo hombre me decía: "Ya le di una oportunidad a la relación, volvimos a estar juntos, la cosa mejoró un poco, pero ¡yo no siento nada, ya no me interesa. ¡¿Pero cómo me voy a ir otra vez?!" Suele pasar: la lejanía embelleció el vínculo, lo hizo ver más llevadero y gratificante de lo que era, pero el regreso resultó ser un regreso sin gloria. Con el mismo hombre, en el mismo lugar y de una forma similar. Sin agresiones y sin presiones asfixiantes, es verdad; pero también, sin demasiado entusiasmo ni pasión. Algo se rompió, algo hizo crack en lo profundo del alma y ya no tiene arreglo. De todas maneras, dentro de lo incómodo y difícil de la situación, mi paciente obtuvo claridad, una certidumbre que siempre fluctúa entre el dolor y la paz interior: "Ya sé que no funciona". La apacible sabiduría del desencanto, que no es tristeza ni alegría, sino verdad.



Extracto del libro:
Los límites del amor
Walter Riso
Fotografías tomadas de Internet

viernes, 18 de junio de 2021

PROFUNDIDAD


 

NOSOTROS SOMOS TRES, TÚ ERES TRES


Cuando el barco del obispo se detuvo durante un día en una isla remota, decidió emplear la jornada del modo más provechoso posible. Deambulaba por la playa cuando se encontró con tres pescadores que estaban reparando sus redes y que, en su elemental inglés, le explicaron cómo habían sido evangelizados siglos atrás por los misioneros. «Nosotros ser cristianos», le dijeron, señalándose orgullosamente a sí mismos.

El obispo quedó impresionado. Al preguntarles si conocían la Oración del Señor, le respondieron que jamás la habían oído. El obispo sintió una auténtica conmoción. ¿Cómo podían llamarse cristianos si no sabían algo tan elemental como el Padrenuestro?

«Entonces, ¿qué decís cuando rezáis?» «Nosotros levantar los ojos al cielo. Nosotros decir: 'Nosotros somos tres, Tú eres tres, ten piedad de nosotros'». Al obispo le horrorizó el carácter primitivo y hasta herético de su oración. De manera que empleó el resto del día en enseñarles el Padrenuestro. Los pescadores tardaban en aprender, pero pusieron todo su empeño y, antes de que el obispo zarpara al día siguiente, tuvo la satisfacción de oír de sus labios toda la oración sin un solo fallo.

Meses más tarde el barco del obispo acertó a pasar por aquellas islas y, mientras el obispo paseaba por la cubierta rezando sus oraciones vespertinas, recordó con agrado que en aquella isla remota había tres hombres que, gracias a pacientes esfuerzos, podían ahora rezar como era debido. Mientras pensaba esto, sucedió que levantó los ojos y divisó un punto de luz hacia el este. La luz se acercaba al barco y, 'para su asombro, vio tres figuras que caminaban hacia él sobre el agua. El capitán detuvo el barco y todos los marineros se asomaron por la borda a observar aquel asombroso espectáculo.

Cuando se hallaban a una distancia desde donde podían hablar, el obispo reconoció a sus tres amigos, los pescadores. «¡Obispo!», exclamaron, «nosotros alegrarnos de verte. Nosotros oír tu barco pasar cerca de la isla y correr a verte».

«¿Qué deseáis?»?, les preguntó el obispo con cierto recelo.

«Obispo», le dijeron, «nosotros tristes. Nosotros olvidar bonita oración. Nosotros decir: 'Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino...'. Después olvidar.

Por favor, decirnos otra vez toda la oración». El obispo se sintió humillado. «Volved a vuestras casas, mis buenos amigos», les dijo, «y cuando recéis, decid: 'Nosotros somos tres, tú eres tres, ten piedad de nosotros'».

A veces he visto a mujeres ancianas rezar interminables rosarios en la iglesia. ¿Cómo va a glorificar a Dios ese incoherente pala­breo? Pero siempre que me he fijado en sus ojos o en sus rostros alzados al cielo, he sabido en el fondo que ellas están más cerca de Dios que muchos hombres doctos.



Del libro:
Anthony de Mello
El Canto del Pájaro
Fotografía tomada del internet

jueves, 17 de junio de 2021

RESPETO


 

EL CATECUMENO ÁRABE


Al Maestro árabe Jalal ud-Din Rumi le gustaba contar la siguiente historia:

Se hallaba un día el profeta Mahoma presentando la oración matutina en la mezquita. Entre la multitud de los fieles se encontraba un joven catecúmeno árabe.

Mahoma comenzó a leer el Corán recitando el versículo en que el Faraón afirma: «Yo soy tu verdadero Dios». Al oírlo, el joven catecúmeno sintió tanta ira que rompió el silencio y gritó: «¿Será fanfarrón, el muy hijo de puta?».

El profeta no dijo nada, pero cuando acabaron las oraciones, los demás comenzaron a increpar al árabe: «¿No te da vergüenza? Has de saber que tu oración le desagrada a Dios, porque no sólo has roto el santo silencio de la oración, sino que además has usado un lenguaje obsceno en presencia del profeta de Dios».

El pobre árabe enrojeció de vergüenza y se puso a temblar de miedo, hasta que Gabriel se le apareció al profeta y le dijo: «Dios te manda sus saludos y desea que hagas que esa gente deje de increpar a ese sencillo árabe; en realidad, su sincero juramento ha movido su corazón más que las santas plegarias de muchos otros».

Cuando oramos, Dios se fija en nuestro corazón, no en nuestras fórmulas.


Del libro:
Anthony de Mello
El Canto del Pájaro
Fotografía tomada del internet
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