martes, 20 de junio de 2017
lunes, 19 de junio de 2017
EL CAMINO
Maestro
Discípulo
Meditación
Tiempo
Cada vez que un discípulo está preparado, el maestro lo llama y le dice: Ahora, ¡ve! El discípulo no necesita que se lo anuncien; si necesita anunciarlo, es porque no está preparado, porque el yo está allí.
Pero depende. No todo discípulo está preparado en diez años; algunos ni siquiera lo estarían en diez vidas, y otros estarán listos en diez segundos. No es algo mecánico. Depende de la calidad, de la intensidad de la conciencia del discípulo. A veces se da: basta una mirada del maestro, y el discípulo está listo. Si está abierto, si no hay barrera, si se ha abandonado, entonces un solo momento alcanza. Ni siquiera eso es necesario, porque la cosa se produce por fuera del tiempo.
Pero, si estás calculando, pensando cuándo sucederá, porque crees que ya has esperado bastante -pasó un año, pasaron dos años, pasaron diez años y esperas, mientras nada sucede (calculas por dentro)-, entonces estás perdiendo el tiempo. Un discípulo debe abandonar la conciencia del tiempo. El tiempo pertenece al yo; corresponde a la mente. La meditación no tiene tiempo.
domingo, 18 de junio de 2017
EL SILENCIO
¿Hay otras puertas además de las que acaba de mencionar?
Eckhart Tolle:
Sí. Lo No Manifestado no está separado de lo manifestado. Impregna este mundo, pero está tan bien disfrazado que casi todo el mundo se lo pierde por completo. Si usted sabe dónde buscar, lo encontrará en todas partes. Se abre una puerta a cada momento.
¿Oye aquel perro que ladra en la distancia? ¿O ese gato que pasa? Escuche cuidadosamente. ¿Puede sentir la presencia de lo No Manifestado en eso? ¿No puede? Búsquelo en el silencio del que surgen los sonidos y al que los sonidos retornan. Preste más atención al silencio que a los sonidos. Prestar atención al silencio exterior crea silencio interior: la mente se vuelve tranquila. Se está abriendo una puerta.
sábado, 17 de junio de 2017
SEMBRAR FUTURO*
En un oasis escondido en los más lejanos paisajes del desierto, se encontraba de rodillas el viejo Eliahu, al costado de algunas palmas datileras. Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis para abrevar sus camellos y vio a Eliahu transpirando, mientras parecía cavar en la arena.
—¿Qué tal, anciano? La paz sea contigo.
—Y contigo —contestó Eliahu sin dejar su tarea.
—¿Qué haces aquí, con esta temperatura, trabajando con esa pala?
—Siembro —contestó el viejo.
—¿Qué siembras aquí, Eliahu?
—Dátiles —respondió el viejo señalando el palmar.
—¡Dátiles! —repitió el recién llegado, y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez—. El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa.
—No, debo terminar la siembra. Luego, si quieres, beberemos.
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