Cuatro sesgos o distorsiones que terminan alimentando al monstruo y haciéndolo cada vez menos poderoso: catalogar o etiquetar a las personas; polarización caprichosa: «Los otros son todos iguales»; sobregeneralización; y siempre alerta (o la paranoia del fanático).
POLARIZACIÓN CAPRICHOSA: «LOS OTROS SON TODOS IGUALES»
El pensamiento dicotómico o polarizado atraviesa todo el trasfondo de la mente rígida. En el caso del prejuicio, eliminar la posibilidad de los términos medios y los grises conduce a reafirmar las opiniones radicales. Si digo: «Las lesbianas lo único que quieren es sexo», fortalezco el prejuicio porque elimino de manera radical los matices «a veces», «en ocasiones» o «algunas lesbianas». Lo único significa «nada más». O una probabilidad cero para cualquier otra opción. Por ejemplo, si afirmo que los adolescentes «siempre» buscan el placer por el placer y me creo realmente tal afirmación, interpretaré que todas las conductas de los jóvenes están guiadas por el hedonismo y el desenfreno.
Cuando generamos un prejuicio hacia alguna persona o grupo, nos negamos a ver las excepciones, porque de hacerlo el prejuicio empezaría a perder fuerza. Si pienso irracionalmente que los afrodescendientes son agresivos y me reafirmo, obstinado, en esa idea, reconocer que algunos de ellos son pacíficos generaría en mi mente un caos informacional. Tendría que crear varias subrutinas, remover la información de base y revisar esquemas relacionados para adaptarme a la nueva realidad. La existencia de individuos afrodescendientes pacíficos sería la prueba viviente de que el prejuicio carece de fundamento, es decir, de que la generalización no es verdadera y que, por lo tanto, el estereotipo debe revisarse.









