En el Oriente cristiano de los primeros siglos, los estilitas fueron esos anacoretas que establecieron sus celdas en lo alto de pórticos o de columnas en ruina. San Simeón el Antiguo (hacia 390-459) es el más célebre. La leyenda refiere que un monje zen imitó este modelo. Pero a falta de pórticos y columnas, o por gusto por la simplicidad, se instaló en la copa de un pino piñonero. Este árbol, que se encuentra habitualmente en las laderas rocosas y montañosas de la gran isla de Honshu18, es elegante, en forma de espiral, y su follaje de un hermoso verde oscuro toma en la cima una forma redondeada en forma de parasol. Esta singularidad permite en rigor una instalación precaria, si no agradable, que no está exenta de peligros.
Los habitantes del lugar daban al monje llamado Dori el sobrenombre de «Maestro nido de pájaro». Un célebre poeta decidió hacerle una visita. Cuando llegó al pie del árbol, el monje estaba practicando Zazen, la «postura del despertar»: las piernas dobladas en forma de loto, la espalda derecha, los ojos medio cerrados, la mirada posada a unos dos metros delante de él, las manos en el regazo, con las palmas hacia arriba, la mano izquierda sobre la mano derecha19, con los pulgares formando una cúpula y tocándose ligeramente. La respiración igual, regular, apacible, los labios juntos sin estar apretados, la lengua apoyada en la bóveda del paladar, la atención fija en hara, ese punto situado unos cuatro centímetros por encima del ombligo. La mente, por último, penetrada de silencio. El silencio zen, que no es simple ausencia de ruido, sino que permite aprehender lo esencial, hace próximas y familiares la vida y la muerte, mezcla nuestra pequeña existencia con la Vida universal abre en nosotros la puerta secreta y el camino al Abs... (texto incompleto y no legible del libro donde se tomo).
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El poeta sumergido en el mundo, lleno de esperanzas, de deseos, de miedos, de ruido, de fiebre y de vanagloria, interpeló al maestro zen:








