Krishnamurti70 decía que el «pensamiento nuevo» sólo puede alcanzarse cuando nos salimos del mundo conocido, es decir, cuando rompemos las ataduras al pasado aunque sea de vez en cuando. De lo rígido y esquemático sólo surgen pequeñas variaciones sobre el mismo tema, porque ni lo insólito ni lo distinto tienen cabida. Alguien dijo una vez: «No hay nada más peligroso que una idea cuando es la única que se tiene.» Si el pasado nos guía de manera radical y absoluta, nuestras decisiones no serán otra cosa que una triste imitación. Esto no significa que debamos exaltar la amnesia como una forma de conocimiento; más bien la premisa es: debemos aprender del pasado sin convertirlo en dogma de fe. Una tradición amable, enmarcada en un contexto de crecimiento y respeto a la memoria de los antepasados, no tiene por qué ser un problema si sirve para permitirnos evolucionar como seres humanos. Por ejemplo, algunos ritos antiguos de los indios americanos les permiten alcanzar estados de conciencia que redundan en un mayor autoconocimiento. Hay tradiciones que asfixian y otras que liberan. El pasado nos condena solamente si lo dejamos actuar en su faceta negativa, activando aquellos aspectos destructivos que se enquistan en el cerebro.
Quizá no haya un camino recto y predeterminado, quizá no haya quien nos diga exactamente por dónde debemos transitar. Siguiendo con los poetas franceses, Jacques Prévert hace una bella alusión a lo que decíamos anteriormente en la siguiente poesía de su libro Palabras:









