La primera de las paramitas es la generosidad, el camino de aprender a dar. Cuando nos sentimos inadecuados y sin valor, acumulamos cosas. Tenemos mucho miedo, miedo a perder lo que tenemos y a sentirnos aún más pobres de lo que nos sentimos. Esta mezquindad es extremadamente triste. Podemos mirarla y derramar una lágrima por nuestra forma tan miedosa de apegarnos a las cosas. El apego nos hace sufrir tremendamente. Deseamos la comodidad, pero en lugar de ello reforzamos la aversión, el sentido del pecado y la sensación de que somos un caso sin esperanza.
Las causas de la agresión y el miedo comienzan a disolverse por sí mismas cuando vamos más allá de la pobreza de la retención. Por eso, la instrucción básica respecto a la generosidad es aprender a pensar en términos más grandes, hacernos el mayor favor del mundo y dejar de cultivar nuestros propios hábitos. Cuanto más experimentamos la riqueza fundamental, más podemos soltar nuestros agarres.







