Como vimos en el ejemplo de los lápices robados, las personas suelen confundir el sentimiento con la razón. Establecen un nexo directo entre la emoción y los hechos, de tal manera que el sentimiento termina convirtiéndose en criterio de verdad. Por ejemplo: «Si me siento un fracasado, entonces lo soy»; «Me siento estúpido, así que debo serlo»; «Siento que no me quieres; por lo tanto no me quieres». La pregunta que surge de esta manera de pensar es evidente: ¿cómo someter a prueba una creencia o un valor (cómo discutirlo) si su criterio de verdad se basa exclusivamente en el sentimiento? El pensamiento flexible trata de buscar un equilibro razón / emoción: sentir qué pienso y pensar qué siento.
Cuando el dogmático se siente acorralado, apela al razonamiento emocional: «Para mí es cierto, porque lo siento así.» Y allí ya no hay nada que hacer. La puerta de la comunicación se cierra y el diálogo pasa a ser una herejía.









