Cada día, día tras día, repetían el viaje. Volvían de la escuela pedaleando, Alon en su bicicleta verde, Tzviki en su bicicleta roja, por el camino entre los árboles, y el sol corría con ellos por detrás del follaje.
Al fin de la llanura, donde empezaba la montaña, se tomaban de la mano. Alon, alzado en los pedales, se afirmaba con todo, y el envión lanzaba a Tzviki cuesta arriba. Entonces Tzviki extendía la mano y daba impulso a Alon, y así iban subiendo. Cada uno creaba un viento que empujaba al otro, y de viento en viento, de mano en mano, llegaban a la cumbre.
Llegaban jadeando, cuando ya no daban más. Montados en sus bicicletas, se quedaban un buen rato allí. Sin soltarse las manos, contemplaban los valles de Jerusalén, que extendían, luminosos, allá abajo; y ninguno decía nada.









