Para que el árbol de la iluminación crezca, hemos de usar bien nuestras aflicciones, nuestro sufrimiento. Es como cultivar flores de loto, no podemos cultivarlas sobre un mármol, ni tampoco hacerlo si no tenemos barro.
Los que practican la meditación no se oponen a sus formaciones interiores ni las rechazan. No nos transformamos en un campo de batalla, en un bando bueno luchando contra el malo, sino que tratamos con mucha ternura las aflicciones, la ira y la envidia que experimentamos. Cuando la ira surge en nosotros, empezamos a practicar la respiración consciente en el acto: «Inspirando, sé que la ira está en mí. Espirando, voy a cuidar de mi ira». Actuamos exactamente como lo haría una madre: «Inspirando, sé que mi hijo está llorando. Espirando, voy a cuidar de él». Esta es la práctica de la compasión.









