Cuando decidas separarte sentirás el peso de los valores tradicionales, las premisas religiosas y posiblemente un duro señalamiento de parte de tu familia. Esta crítica externa a la libertad afectiva hace que mucha gente permanezca atrapada en relaciones imposibles de sobrellevar, simplemente porque creen que están haciendo lo correcto. No estoy haciendo una apología de la separación, pero nadie tiene el «deber» de ser infeliz: es la filosofía del martirio como virtud, que aún existe y deja secuelas.
En cierta ocasión presencié lo que podría llamarse una «insolidaridad de género» entre una paciente que quería divorciarse y su madre, que hacía todo lo posible para desalentarla. Veamos parte del diálogo que sostuvieron:
Paciente (entre lágrimas, suplicante) (P): Pero ¡mamá, ya te he dicho que no lo quiero, ya no lo quiero!









