Ser compasivos es un nivel bastante elevado. Todos estamos en relación cada día de nuestras vidas; pero cuando se da el caso particular de que queremos ayudar a los demás —a personas con cáncer o con sida, a mujeres o niños o animales abusados, a alguien que está padeciendo— hay algo que notamos en seguida, y es que la persona a la que nos disponemos a ayudar puede activar en nosotros pautas que aún tenemos pendientes de resolver. Aun cuando queramos ayudar, y puede que lo hayamos hecho durante unos pocos días o incluso un mes o dos, ocurre que antes o después alguien atraviesa la puerta y pulsa todos nuestras teclas. Entonces nos descubrimos odiando a esas personas, teniendo miedo de ellas o sintiéndonos incapaces de manejarlas. Si somos sinceros con nuestro afán de beneficiar a los demás, habremos de reconocer que esto es verdad siempre. Todas nuestras pautas irresueltas acaban por aflorar antes o después y nos vemos confrontados con nosotros mismos.
Roshi Bernard Glassman es un profesor Zen que dirige un proyecto para los vagabundos sin hogar en Yonkers, Nueva York. La última vez que le escuché comentó algo que me dejó impactada: dijo que en realidad no hace ese trabajo para ayudar a los demás; lo hace porque siente que tratar con las partes que ha rechazado de la sociedad es como trabajar con las partes rechazadas de sí mismo.









