Hay una mujer francesa que fue guardando todas las cartas de amor que le enviaba su esposo. Antes de casarse él le había escrito unas preciosas cartas de amor. Cada vez que ella recibía una carta suya, saboreaba cada una de sus frases —cada una de sus palabras— porque eran muy dulces, comprensivas y estaban llenas de amor. Siempre que recibía una carta de él, se ponía muy contenta y la guardaba en una caja de galletas. Una mañana, mientras ordenaba el armario, descubrió la antigua caja de galletas en la que guardaba todas las cartas de su esposo. Hacía mucho tiempo que no las había visto. La caja de galletas le recordó una de las épocas más maravillosas de su vida, cuando ella y su esposo eran jóvenes, se amaban y creían que no podrían vivir el uno sin el otro.
Pero en los últimos años, tanto ella como su esposo habían sufrido mucho. Ya no disfrutaban estando juntos, conversando, ni escribiéndose cartas. El día antes de encontrar la caja, su esposo le había dicho que tenía que viajar por negocios. Ya no disfrutaba estando en casa y quizá buscaba encontrar un poco de felicidad o de placer en sus viajes. Ella lo sabía. Cuando su marido le dijo que tenía que ir a Nueva York para una reunión de negocios, ella le respondió: «Si tienes que trabajar, por favor, hazlo». Ya se había acostumbrado a ello, era algo muy corriente. Cuando en lugar de volver a casa como estaba planeado, él le telefoneó diciendo: «He de quedarme dos días más porque me quedan aún varias cosas por hacer», ella lo aceptó sin rechistar, porque aunque él estuviera en casa, ella no era feliz.









