No hay mayor verdad: puedes pasar rápidamente del amor al odio si pulsas la tecla adecuada. A veces la indignación y la ira se disparan con tanta fuerza que el amor sale por la puerta de atrás y no queda nada. Ya comentamos que la decepción posee esta facultad liberadora de quitarnos de encima el mal amor, pero no es la única. Algunas personas con tendencia a la idealización afectiva, cuando descubren que sus parejas ya no las aman ni las desean, se sienten profundamente «ofendidas» y pasan de la veneración al desprecio en un instante. No sólo las sacude la tristeza por la pérdida, sino también y principalmente la cólera por haber dejado de pertenecer al mundo celestial y admirable que el otro les ofrecía: es el síndrome del ángel caído y su consecuente expulsión del paraíso amoroso, aunque sea un espejismo.
Algunos enamorados piensan que su media naranja tiene la «obligación» de amarlos o desearlos, y cuando esto no ocurre se sienten «engañados». No deja de ser absurdo exigir amor como si se exigiera respeto, porque si piensas que tienes el derecho a que te amen, el otro tendría el deber de amarte, lo cual es éticamente incorrecto.
Una mujer le gritaba a su desenamorado esposo: «¡¿Quién te has creído que eres?!
¡¿Piensas que puedes dejar de quererme de la noche a la mañana?! ¡Yo merezco respeto!».









