Carta 13
El techo está en el cielo... o donde tú lo pongas
«No vemos las cosas como son... vemos las cosas como somos nosotros.»
Antonio Blay Fontcueerta
Querido jefe:
No sé si lo has pensado alguna vez, pero cuando un niño llega al mundo, sus posibilidades de realización y de logro tienen un techo infinitamente mayor que cuando ya han pasado sólo cuatro años de su vida. Siguiendo el promedio que te mencionaba en mi carta anterior, el día que cumple cuatro años ¡ya ha oído casi cincuenta mil veces la palabra «no»! Entonces, de manera inconsciente, el niño ya ha puesto a una altura determinada el techo de los logros de su vida.
Cuando nacemos, no tenemos más techo que el cielo. Pero a base de tragarnos «impulsores» empezamos a fijar una altura límite: a dos metros, a doscientos, a dos kilómetros, a doscientos mil... o a dos palmos del suelo, lo que nos llevará a arrastrarnos por la vida, a sobrevivir más que a vivir, a tener que «ganarnos la vida» porque creemos que está perdida.
Nacemos con un potencial increíble de aprendizaje y desarrollo. Pero nos vamos adecuando a la realidad que nos imponen. Para un niño, sus padres y los adultos en general son como dioses, personas que miden tres veces más que él y a las que no le queda más remedio que obedecer si quiere sobrevivir.
Imagínate cómo reaccionarías si apareciese ante ti una persona que midiera más de cinco metros de altura y que te espetase a un palmo de la cara y con una voz profundamente grave: «¡Calla y come!». Seguro que comerías... lo que fuera.









