Entonces decidí cerrar mis ojos y ver toda mi
vida. Vi que no había ruido, carecía de remordimiento.
Vi tejados, puertas, atardeceres, volví
a ver mi vida en forma de abrazos, de nostalgia,
de sueños. Me vi viviendo vivo. Recordé lo fácil que
es ser feliz cuando uno no se aferra a nada. Vi más
adentro quietud, silencio elocuente. Abrí los brazos,
extendí mi horizonte, seleccioné mis mejores recuerdos,
constaté que todo se gradúa de recuerdo en el territorio
de la memoria, donde nos dirigimos antes de
habitar el país del olvido.
Qué importante es vivir bien -me dije a mí mismo-,
comprender lo que pasa, lo que evito, aquello que elijo,
deslizarme fluyendo por la vida. Me encanta estar
vivo, hacer lo que amo, amar lo que me toca hacer,
convertir mis amaneceres en frases, despertarme
con el canto del pájaro, volver a dormirme despierto.









