miércoles, 19 de octubre de 2016

LA CAMPANILLA DE PLATA


En aquel tiempo vivía en el campo, en los alrededores de Edo (hoy Toquio ), un viejo monje de una gran sabiduría. Era conocido hasta en las más lejanas provincias del imperio del Sol Naciente por su gran piedad y su constante buen humor. Toshibu sonreía a todos y a todo. Aceptaba las vicisitudes de la existencia con una perfecta ecuanimidad. Un día uno de sus discípulos más asiduos se atrevió a preguntarle: 

-Maestro, ¿ qué es lo que hace que tengáis el corazón tan alegre, que nada parece afectaros, ni el frío, ni la sed, ni el hambre, y ni siquiera la maldad de los hombres? 

-Voy a confiarte mi secreto -dijo Toshibu-. Cada vez que suena la campanilla de plata que ves suspendida en mi puerta, tengo que contenerme para no ponerme a bailar, de tan vivo como es mi placer y grande mi alegría ... 

Ahora bien, este discípulo, a pesar de sus demostraciones de piedad, tenía mal corazón. Era envidioso y estaba celoso de la felicidad de los demás. Decidió robar la campanilla de plata para conocer a su vez la alegría perpetua. Una noche se apoderó de la campana del maestro Toshibu, la escondió bajo su manto y corrió hasta su casa. Al día siguiente la suspendió en la puerta de entrada y se dispuso a gozar de una felicidad inefable. Esperó. En vano. 

La campanilla tintineaba diez veces al día bajo el efecto del viento o cuando un visitante penetraba en la casa. NADA. No ocurría nada, y el discípulo no sentía ninguna alegría. Ese tintineo del que estaba pendiente incesantemente acabó incluso por crisparle. Creía oírlo de noche. Le hizo perder el gusto por la comida y la bebida, se volvía irritable. Hasta el punto de que decidió arrojarse a los pies de su maestro, implorar su perdón y devolverle la campanilla de plata. 

Una mañana llevó la campanilla a Toshibu y se deshizo en lágrimas de arrepentimiento. El maestro volvió a colocar tranquilamente la campanilla encima de la puerta de entrada y le concedió el perdón. Cuando el discípulo estuvo seguro ·de haber obtenido de nuevo el favor de su maestro, le preguntó: 

-Maestro, quisiera comprender por qué esta campanilla, que os procura tal felicidad que tenéis que contener las ganas de bailar y que nada altera vuestra alegría, fue para mí una fuente de pesares. 

-El ciprés en el patio -dijo Toshibu. 
Aludía así a la célebre anécdota que conocen todos los discípulos del Zen: 

-¿Qué es el Zen? -pregunta el discípulo. 
-El ciprés en el patio -responde el maestro. 

El Zen, en efecto, es el «ciprés en el patio», y también el «bastón» del mendigo, es la «escudilla» y el «bol de arroz», o la campanilla de plata. El Zen es todo esto, y no es esto. Está aquí y allá, y no está aquí ni allá. El Zen es una evidencia completamente simple, inmediata, y es un misterio impenetrable. 

La campana del templo se ha callado. 
Al anochecer, el perfume de las flores 
prolonga su tañido.
Matsuo Bash6 (1644-1694)15

Los maestros zen, a lo largo de los siglos, 
no han enseñado quizá más que una cosa:
¡NO OLVIDÉIS SER FELICES!


Extraído de:
La Grulla Cenicienta
Los más bellos cuentos zen
Henry Brunel
Fotografía del internet

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