sábado, 3 de febrero de 2018

MACHOS


Techo de palma, mostrador de cañas. Acodados en el mostrador, Dámaso Murúa y yo bebíamos cerveza, picoteábamos camarones al ajillo y escuchábamos las reflexiones de la clientela. No había mujeres en aquel bar de Mazatlán, pero sólo se hablaba de ellas:

—Lo dijeron en la tele. Cada día muere un montón de mujeres, dieciocho mil mujeres mueren cada día en el mundo. Así como lo oyes. Y a la mía ni le duele la cabeza.

—Ni modo. Es que hay matrimonios que acaban bien, y hay otros que duran toda la vida.

—Antes ella era buena, buena como mujer de otro, pero ahorita... Les das confianza y acaban pisándote. Y cuantimás peor.

—Si las mujeres fueran buenas, digo yo, Dios tendría una.

—Mujer que no jode, es hombre. Está probado.

—Puro hable y hable. Viboreando se pasan el día, puro chisme, pura queja, puro reproche.

—Pos sí.

—¿Quieres que te diga? Les falta cerebro, pero les sobra memoria.

—Eso se ve a simple vista, nomás con echarles un vistazo.

—Las mujeres tienen una pinche memoria. Y es lo peor que tienen, no te perdonan una, te recuerdan todo, óyeme bien, que no acostumbro mentir.


Tomado de:
Cuentos de Galeano en la Jornada
Eduardo Galeano
Fotografía de internet

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