martes, 23 de mayo de 2017

CATALOGAR O ETIQUETAR A LAS PERSONAS


El búnker defensivo de los prejuiciosos: cómo justificar el odio y la discriminación 

Un prejuicio instalado en la base de datos de una persona es como un Caballo de Troya que se mimetiza con toda su información. Y afecta a los demás, quienes deben desarrollar nuevas estrategias de afrontamiento para sobrevivir al rechazo.83 Los prejuicios echan raíces y se aferran a las estructuras psicológicas creando un mundo subterráneo altamente resistente al cambio. De la mano de la rigidez, el pensamiento que prejuzga organiza la forma de perpetuar los estereotipos, los sentimientos de hostilidad y la discriminación. Siguiendo los modelos recientes en terapia cognitiva,84 podemos identificar, al menos, cuatro sesgos o distorsiones que terminan alimentando al monstruo y haciéndolo cada vez menos poderoso: catalogar o etiquetar a las personas; polarización caprichosa: «Los otros son todos iguales»; sobregeneralización; y siempre alerta (o la paranoia del fanático). 

CATALOGAR O ETIQUETAR A LAS PERSONAS 

¡Es tan fácil etiquetar a alguien! Además, ¿quién no lo hace? El problema es que las etiquetas siempre están acompañadas de un paquete informacional que va más allá de la descripción. 

Tomemos la frase: «Él es conservador.» Esta afirmación trae aparejada un mundo de significaciones ocultas, muchas de las cuales no son necesariamente ciertas. De manera contraria a lo que piensan muchos, las investigaciones muestran que las correlaciones entre conservadurismo y rigidez son pobres. Es decir: no todo conservador es rígido en sus actuaciones y su manera de pensar ni cumple los requisitos para ser considerado un fanático. Muchas veces excluimos a las personas por la etiqueta que les ponemos, y, al hacerlo, nos perdemos la posibilidad de que el prejuicio se revierta. Obviamente, no estoy diciendo que debamos invitar a Drácula a las campañas de donación de sangre o a un asesino en serie al cumpleaños de nuestro hijo pequeño. Lo que sostengo es que, en más de un caso, las decisiones que tomamos respecto a alguien no se corresponden a la realidad sino a la «psicología del rumor». 

Por ejemplo: «Él es sacerdote; mejor no lo invitemos al grupo de ética porque ya sabemos lo que va decir.» ¿Por qué? ¿Quién dijo que todos los sacerdotes se agarran a una ética medieval o ultrarreligiosa? Conozco algunos muy progresistas que harían temblar a más de un eticista liberal. 

Otro caso: «Él es ateo; debe de ser una persona interesada sólo por cuestiones materialistas y poco trascendentes.» Hace unos años, durante las fiestas de fin de año, época navideña, tuve una confrontación amable con el director de un colegio, que reproduzco en lo sustancial apelando a mi memoria:

—No creo que debamos invitar al señor Pedro a la fiesta de los niños pobres del barrio, porque es ateo —me dijo el director.

—¿Y eso qué tiene que ver? —respondí con sorpresa—. Yo lo conozco y sé que a él le gustaría mucho asistir y colaborar. 

—Sí, pero usted ya sabe... Esa gente no es muy dada a este tipo de actividades. Además, él manifiesta abiertamente su ateísmo. 

—Bueno, al menos no es hipócrita. ¿Usted piensa que por pensar lo que piensa debe de ser alguien con poca sensibilidad social?

—Pues qué quiere que le diga. La ausencia de Dios... —me susurró en tono confesional. 

—Para serle sincero, no estoy de acuerdo —objeté—. La caridad o la compasión no son patrimonio de las religiones; tampoco pienso que creer en Dios sea el único vehículo para acceder a una conducta ética.

—Quizá tenga usted razón, pero creo que no debemos mezclar cosas que no son compatibles. A esa reunión irá gente piadosa, que cree en Dios; habrá actividades religiosas y una ceremonia. Podría ser incómodo...

—Si le parece, él no participaría en las actividades religiosas, si eso es lo que le preocupa... ¿Realmente cree que a los niños les importan mucho las creencias religiosas de las personas que les brindan amor? ¿Por qué no se da la oportunidad de conocerlo para comprobar que es una buena persona?

—Prefiero no invitarlo; creo que así todos estaremos mejor.

Y no lo invitó. Dogma y prejuicio van de la mano. Por eso es tan fácil encontrar el sectarismo en ambientes dogmáticos y exclusivistas, encabezados por algún líder carismático con aires de divinidad.

La etiqueta intenta definir a alguien sin conocerlo y sin darle la oportunidad de mostrarse como es. De esta manera, el prejuicio se pone en marcha y se instala con toda su fuerza. Ya está todo dicho: tu origen, tu ideología, tu sexo, tu religión o lo que sea te definen de una vez para siempre. El prejuicio nos cuelga un cartel y nos ubica, por lo general, en el grupo de los indeseables.

83. Yankhnich, L. y Ben-Zur Hasida. (2008). «Personal 
resources, appraisal and coping in the adaptation 
process of immigrants from the former Soviet Union.» 
American Journal Orthopsychiatric, 78, 152-162.
84. Riso, W. (2006). Terapia cognitiva. Bogotá: Norma Vitral.


Extracto del libro:
El arte de ser flexible
Walter Riso
Fotografía tomada de internet

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