jueves, 15 de diciembre de 2016

LA LLORONA


En el exilio, en México, haciendo cola en la Dirección de Migración, murió Carlos Martínez Moreno.

Tarde en la noche, Anhelo Hernández estaba velando a su amigo. Se había quedado a solas con él. Mutilado de su amigo, Anhelo no encontraba consuelo. De nada le servía decirse que vivas seguían las palabras que había escrito, su esplendor, su ironía filosa:

—Nos jodiste, gordo —pensó en voz alta.

Y otra voz sonó, a sus espaldas:

—¿Lo lloramos, señor?

Alzada entre las sombras, que temblaban a la luz de los cirios, la llorona esperaba una respuesta.

—A él no le gusta que lo lloren —dijo Anhelo.

La profesional de las lágrimas no se movió. Y tampoco se movió cuando Anhelo sacó unas monedas del bolsillo, se las puso en la mano y la despidió con un gesto.

Anhelo se quedó sentado ante el cajón donde Carlos yacía. La llorona, de pie, no lloraba ni se iba.

Mucho después, ella se adelantó, levantó la tapa y dejó caer las monedas, una por una, sobre el muerto. Las monedas resbalaron hasta el fondo del ataúd. Entonces ella se persignó, cerró la tapa y se desvaneció en la noche.




Extracto del libro:
El arte de ser flexible
Walter Riso
Fotografía tomada de internet

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