miércoles, 23 de noviembre de 2016

VIVE CADA MOMENTO A LA PERFECCIÓN


Hace unos cincuenta años, mientras yo estaba en Estados Unidos, vino a verme una especialista en budismo y me dijo: «Querido maestro, usted escribe unos poemas maravillosos, pero pasa demasiado tiempo cultivando lechugas y haciendo tareas similares. ¿Por qué no emplea su tiempo en escribir más poesía?». Ella había leído en alguna parte que a mí me encantaba cultivar verduras y cuidar los pepinos y las lechugas. Estaba pensando de manera pragmática y me sugirió que el tiempo que dedicaba al huerto debía aprovecharlo para escribir poemas.

Le contesté: «Querida amiga, si no cultivara lechugas, no podría escribir los poemas que compongo». Es la pura verdad. Si no vives concentrado, siendo consciente, si no vives con profundidad cada momento de tu vida cotidiana, no puedes escribir. No puedes producir nada valioso para ofrecer a los demás.

Un poema es una flor que ofreces a la gente. Una mirada compasiva, una sonrisa, un acto lleno de amor compasivo es también una flor que florece en el árbol de la plena consciencia y la concentración. Aunque no pienses en el poema mientras preparas el almuerzo para tu familia, el poema se estará escribiendo. Cuando escribo una historia corta, una novela o una obra de teatro, puedo tardar una o varias semanas en terminarla, pero la historia o la novela siempre están ahí. De igual modo, aunque no estés pensando en la carta que escribirás a tu ser amado, se está escribiendo en el fondo de tu conciencia.

No puedes sentarte sin más y escribir la historia o la novela, también tienes que hacer otras cosas. Beber té, preparar el desayuno, lavar la ropa y regar las verduras del huerto. El tiempo que dedicas a hacer estas cosas es importantísimo. Has de hacerlas bien. Has de poner el cien por cien de ti mismo en el acto de cocinar, regar las verduras del huerto y lavar los platos. Disfrutas con ello y lo haces con toda tu atención. Esto es muy importante para la historia, la carta o cualquier otra cosa que desees crear.

La iluminación no es distinta de lavar los platos o cultivar lechugas. La práctica consiste en aprender a vivir cada momento de nuestra vida cotidiana con plena consciencia y concentración. La concepción y la elaboración de una obra de arte tiene lugar precisamente en esos momentos de nuestra vida cotidiana. El tiempo que dedicas a escribir música o poemas sólo es el tiempo en el que das a luz al bebé, pues para alumbrarlo ya tenía que estar dentro de ti. Pero si no está dentro de ti, aunque te sientes horas y horas delante del escritorio, no alumbrarás ni crearás nada. Tu visión interior, tu compasión y tu capacidad para escribir conmoviendo el corazón de los lectores son flores que florecen en tu árbol de la práctica. Hemos de aprovechar bien cada momento de nuestra vida cotidiana para que esta visión y esta compasión puedan florecer.


Extracto del libro:
LA IRA (El dominio del fuego interior)
Thich Nhat Hanh
Fotografía de Internet

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