martes, 29 de noviembre de 2016

CATALOGAR: «LA GENTE ESPONTÁNEA ES RIDÍCULA Y PELIGROSA»


CATALOGAR: «LA GENTE ESPONTÁNEA ES RIDÍCULA Y PELIGROSA»

Para las personas inflexibles, demasiada sinceridad es un acto reprochable y de mal gusto, porque la gente franca hace y dice lo que no se quiere ver ni oír. Como el cuento del rey que andaba desnudo y nadie se atrevía a decirle que no llevaba ropa. El humor y el chiste recuerdan al niño que lo señala: «¡Allí va, y no lleva ropa!». Es la bella indiscreción del inocente, libre de malicia, que incomoda y resquebraja la pomposidad. No digo que haya que ser irrespetuoso, sino que la expresión franca de sentimientos, la asertividad y la libertad emocional son imprescindibles para la salud mental. La espontaneidad no es impulsividad descontrolada ni agresiva, sino soltura de espíritu, desenvoltura, facilidad de comunicación con uno mismo y con los demás, desparpajo, agilidad de ánimo. En la espontaneidad, el pensamiento se repliega para que el yo real haga su aparición sin tanta parafernalia. 

¿Dónde queda la imprudencia? Es un riesgo y una diferencia. Los espontáneos nos confrontan con nuestra rigidez; los imprudentes nos lastiman. Nadie duda de que exista una línea delgada entre ambos ni de que ésta puede cruzarse fácilmente si uno se descuida; sin embargo, esto no justifica la restricción o la represión emocional. El espontáneo responsable no busca herir a nadie, simplemente, pone sobre la mesa su verdadera esencia.

¿Qué le impide a la gente ser espontánea? Entre otras cosas, el miedo al ridículo y su concomitante necesidad de aprobación. Un paciente bastante rígido y normativo me comentó que él no soportaba a las personas muy extrovertidas porque siempre terminaban haciendo el ridículo o siendo insensatos. Por ejemplo, sentía «vergüenza ajena» cuando veía a alguien hacer payasadas en público. Su pensamiento era: «La personas inteligentes no hacen el ridículo.» Esta idea, como es natural, actuaba como un freno mental que le impedía ser espontáneo y expresar sus sentimientos con tranquilidad. Un día, en plena consulta, siguiendo las propuestas del psicólogo Albert Ellis decidí crear en mi paciente una discrepancia informacional, es decir, una contradicción entre los hechos y sus pensamientos. Le pregunté si me consideraba un terapeuta serio y eficiente, a lo cual respondió afirmativamente, y agregó que se sentía muy bien en las consultas. En ese momento, sin mediar palabra, me bajé del asiento y comencé a desplazarme en cuclillas. Di la vuelta a su silla, lo olfateé, como haría un perro, y me volví a sentar como si nada hubiera pasado. El hombre se puso pálido; no sabía qué decir ni qué hacer. Reproduzco parte del diálogo que sostuvimos luego: 

Terapeuta: ¿Qué opina? 

Paciente: No sé... Estoy sorprendido... ¿Por qué ha hecho algo así?

Terapeuta: Usted dijo que yo le parecía una persona centrada e inteligente. ¿Sigue pensando igual? 

Paciente: Sí, creo que sí... 

Terapeuta: ¿Está seguro? 

Paciente: Bueno, sí... Sigo pensado lo mismo de usted.

Terapeuta: ¿Pero mi comportamiento de perrito no le hizo sentir vergüenza ajena? 

Paciente: No quiero ofenderlo, pero así es....

Terapeuta: Entonces su afirmación: «La personas inteligentes no hacen el ridículo» acaba de enfrentarse a una excepción.

Paciente: Creo que sí, pero usted no siempre actúa así.

Terapeuta: Es verdad, pero a veces hago cosas por el estilo. ¿Qué pasaría si usted deliberadamente intenta hacer el ridículo? La técnica consiste en llevar a cabo ejercicios contra la vergüenza, ¿sería capaz?

Paciente: ¿Y qué lograríamos con ello? 

Terapeuta: Perder el miedo, soltarse, estar menos encapsulado, adquirir más libertad emocional y hacer que la mente sea más flexible. 

El paciente aceptó el reto y llevamos a cabo una cantidad considerable de actividades absurdas, grotescas y risibles, como, por ejemplo, recitar en público, entrar en una carnicería a comprar zapatos, aullarle a la Luna delante de otras personas, y cosas por el estilo. Con el tiempo, el miedo al ridículo fue desapareciendo y su visión estricta del mundo fue haciéndose menos dura y más maleable. Psicólogos clínicos como Victor Frankl65 y Albert Ellis66 han utilizado este método, llamado «intención paradójica», que consiste en que el paciente, bajo la supervisión de un terapeuta experimentado, ejecute deliberadamente comportamientos que le producen emociones negativas (especialmente vergüenza) para que pueda reevaluar y revisar las consecuencias desde una nueva perspectiva.



65. Frankl, V. (1994). Ante el vacío existencial. Barcelona: 
Herder.
66. Ellis, A. y Abrahms, E. (2001). Terapia racional emotiva. 
Colombia: Alfaomega.






Extracto del libro:
El arte de ser flexible
Walter Riso
Fotografía tomada de internet

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