sábado, 14 de mayo de 2016

EL EXILIO


Leonardo Rossiello vino del norte del mundo. El viaje desde Estocolmo hasta Montevideo se complicó, hubo no sé qué problemas con las conexiones de los vuelos, y por fin Leonardo llegó, tarde en la noche, en un avión que nadie esperaba.

Ante la puerta de la casa de sus padres, vaciló:

—¿Los despierto? ¿No los despierto?

Hacía años que vivía lejos, el tiempo del exilio, los años ciegos de la dictadura militar, y estaba loco de ganas de ver a su gente. Pero decidió que mejor esperaba.

Se echó a caminar por la vereda, la vereda de su infancia, y sintió que las baldosas le reconocían los pies. Se le llenó la cabeza de noticias viejas y chistes malos, y todo le parecía nuevo y divertidísimo. La luna llena había subido, cielo arriba, para saludarlo y para iluminar su ciudad dormida. Era una helada noche de invierno, la ciudad estaba envuelta en escarcha, pero él respiraba estos aires como si fueran del trópico.

Leonardo demoró un buen rato en darse cuenta de que estaba cargando una valija, y que la valija pesaba más que un cementerio. Entonces cruzó la calle, atravesó el campo baldío y se sentó sobre la valija, de espaldas contra una pared.

El frío no lo dejaba dormir. Cuando se alzó, y miró la pared, encontró garabatos y palabras en el rotoso revoque, corazones flechados, promesas del amor y agravios del desamor, calumnias (La María tiene celulitis).

Y gracias a la luna, Leonardo pudo leer, también, unas letras medio borroneadas, que preguntaban: Y entonces, ¿dónde estabas? ¿Diciendo qué palabras? ¿Hablando con qué gente?

Tomado de:
Cuentos de Galeano en la Jornada
Eduardo Galeano
Fotografía de internet

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