sábado, 9 de abril de 2016

LA GRULLA CENICIENTA


Esta historia pertenece ahora al pasado. Una pareja de campesinos tenía un hijo único llamado Korato. Era un muchacho honrado y bueno, que cultivaba el campo familiar y cortaba leña para ir a venderla a la ciudad. Ahorrador y trabajador, era el sostén de sus ancianos padres. Korato era un hombre justo, y los dioses velaban por él.

Una mañana estaba trabajando en el bosque cuando oyó un débil ruido que parecía provenir de la copa de un pino: «Kru, u, uu ... » 

Prestó atención ... silencio. Pero cuando suspendió un instante el hacha creyó percibir de nuevo aquella llamada: 

«Kru, u, uuu ... » 

-¿Hay alguien ahí? -preguntó levantando los ojos hacia las ramas más altas. 

-Señor, ayudadme, por favor, estoy herida -dijo una voz melodiosa. 

Korato se puso enseguida a trepar al árbol; se subió hasta las ramas más altas. Cuando llegó arriba de todo descubrió, medio oculta entre las hojas, una grulla cenicienta que tenía un ala colgando tristemente sobre el costado. Era una criatura de ensueño. Era grande, con un porte lleno de nobleza a pesar de su herida, de largas patas finas; un penacho delicioso sobre la rabadilla la hacía aún más graciosa. Tenía un cuello fino y sobre la nuca se distinguía la adorable mancha roja carmín que es la marca de la especie ... y ese color ceniciento, en todos los tonos de pizarra, esos acordes de gris, con matices plateados en el joven sol del alba. Korato quedó fascinado. Se puso a socorrerla. Como no podía moverla, se fue a buscar agua y comida. Así, durante varias semanas, la cuidó. 

Hablaban. Ella le contó su historia:

-Hace siglos y siglos -dijo la grulla- yo era una princesa de la corte del gran emperador Mahayana, del que mil reyes eran vasallos. Este gran monarca tenía tres hijos: Mahanada, el primogénito, el segundo, Mahaveda, y el benjamín, Mahasattva. Yo debía casarme con el mayor, pero amaba al benjamín, que era tierno y dulce. Huí con él. Nos alcanzaron y me condenaron a muerte. Desde entonces estoy encadenada a la rueda de la vida y sigo el ciclo de los renacimientos. 

-Korato -le dijo ella una noche-, me recuerdas a Mahasattva, el hijo más joven del emperador Mahayana; eres dulce y bueno como él. 

Al día siguiente, cuando Korato trepó a la copa del pino, la grúa cenicienta había desaparecido. Ya estaba curada y se había marchado. Entonces el joven se hundió en la melancolía. Trabajaba en silencio, y dejó de comer. Sus padres se preocupaban. Su madre, que era una mujer dura y práctica, se lamentaba así: 

-¿Qué será de nosotros si nuestro hijo se muere? Apenas he podido esconder doce moneditas de cobre en una olla. Pronto no nos quedará nada ... 

Se retorcía las manos de desespero. 

Unos días más tarde, por la mañana, llamaron a la puerta de la choza. Korato ya estaba trabajando en el bosque. La madre fue a abrir. En el umbral había una muchacha muy hermosa, con su hatillo en la mano: 

-Busco a un tal Korato -dijo. 

-¿Qué quieres de él? -preguntó la madre, desconfiada. 

Y añadió, refunfuñando: 

-No está aquí, y no regresará hasta la noche. 

-No importa, le esperaré -dijo la muchacha con voz dulce, y se sentó delante de la casa, con su hatillo al lado. 

Permaneció allí durante todo el día. Cuando los padres, al pasar, le dirigían una ojeada curiosa, ella respondía con una sonrisa modesta. Finalmente, Korato regresó. Estaba fatigado y triste, como todos los días desde que partió la grulla cenicienta, que le había hechizado el corazón. 

-Buenas tardes -dijo la bellísima joven.
-¿ Quién eres? -preguntó Korato. 

-Tengo cosas importantes que deciros ... -y sonrió. 

-Entra -dijo Korato en tono cansado. 

Pero cuando su mirada se cruzó con la de ella en el umbral, percibió en los ojos de la misteriosa joven una infinidad de cielos grises. Y su corazón se turbó. 

-Señor Korato -dijo la bella visitante-, mi nombre es «la Humilde Osaku», sé coser, tejer, cocinar, encender el fuego, y no me desanimo ante ninguna tarea. Deseo casarme con vos. 

Korato miraba a la muchacha, asombrado. 

-¿ Limpiarás también la cabaña, barrerás el umbral, cuidarás al padre, que está enfermo? -preguntó la madre. 

-Seré una nuera dócil y os serviré, madre-dijo la Humilde Osaku, bajando los ojos e inclinándose con respeto. 

-Cásate con ella, Korato -decidió la madre. 

Y así se hizo. 

Casado con la Humilde Osaku, Korato conoció su belleza, unida a la dulzura de corazón, la modestia, el valor y el ardor en el trabajo. Ejecutaba todas las tareas sin quejarse nunca. La madre estaba satisfecha. Y la alegría volvió poco a poco al corazón del joven . 

*****

Pasó el tiempo. La madre, que ya casi no hacía nada, tenía tiempo para reflexionar. Un día dijo a su nuera: 

-·Humilde Osaku, he mirado por casualidad en tu hatillo, que habías escondido en el fondo del armario, y he descubierto un trozo de tela maravillosa. ¿ La has tejido tú? 

-Sí, madre. 

-Pues bien, hija mía, ¿por qué no te pones a trabajar? 

Te procuraremos un telar y nos fabricarás una tela, que podremos vender en la ciudad. 

-Madre -dijo tímidamente la Humilde Osaku-, somos pobres, pero no nos falta nada, y ese trabajo entraña peligros... 

La madre no escuchó. Tenía el corazón lleno de deseos insatisfechos. No dejó de hablar de ello a su hijo a todas horas. Tanto y tan bien lo hizo que una noche Korato dijo a su esposa: 

-Tierna amiga, ¿por qué no quieres tejer esa tela maravillosa que mi madre ha visto en tu hatillo? Podríamos conseguir monedas de oro, que mi madre podría meter en el cofre en lugar de las monedas de cobre. ¡Por fin seríamos ricos! 

La Humilde Osaku cedió. Pero advirtió a su esposo: 

-Tejer esa tela exige que me encierre durante un mes en el granero y que nadie venga a molestarme. 

Transcurrieron cuatro largas semanas. Cuando la Humilde Osaku reapareció estaba pálida, agotada, había adelgazado y parecía estar a las puertas de la muerte, pero tenía en sus manos una tela extraordinaria, un tejido de colores brillantes, a la vez cálido y ligero, suave al tacto como la seda y confortable como el plumón, un tejido como nunca nadie lo había visto. Korato fue a venderlo a la ciudad vecina. Un gran señor le ofreció diez mil monedas de oro por él. Korato volvió a su casa loco de alegría. Compró una bella casa para sus padres y se convirtió en un honorable comerciante en madera. La Humilde Osaku no participaba de la alegría general, reanudó con dificultad su trabajo agotador y su mirada, antes tan confiada, aparecía teñida de melancolía. No obstante, poco a poco recobró una salud precaria. Nadie de la familia prestó mucha atención; el propio Korato tenía tantas cosas importantes y nuevas que hacer... 

La madre se había instalado en la opulencia, como si fuera algo que le debieran de toda la vida. Llevaba una vida por todo lo alto, se compraba vestidos caros, e incluso se hacía llevar en palanquín. Quería rivalizar con las damas más bellas de la ciudad. Un día se dio cuenta de que el montón de oro del cofre, que gastaba sin reparos, disminuía. Pronto se llegó a un nivel crítico. Entonces se acordó de su nuera: 

-Hija mía -dijo brutalmente-, vas a ponerte a trabajar otra vez y a tejernos una tela que mi hijo podrá vender en la capital, y quizá en la corte ... 

Y se imaginaba ya con avidez el gran montón de oro que podrían meter en el cofre. 

-Madre -intervino débilmente Korato-, ya sabéis que esa tarea es muy agotadora y que después mi esposa estuvo enferma mucho tiempo ... 

-¡Tonterías! -interrumpió la madre- Las jóvenes de hoy en día se quejan por nada. 

Renovó su petición todos los días. No dejaba a su hijo en paz ni un instante, unas veces insistente, autoritaria, otras zalamera, o bien se quejaba con amargura: 

-jTe niegas a conceder este último placer a tu vieja madre, que tanto se ha sacrificado por ti! 

Finalmente Korato cedió. 

-Haz lo que pide mi madre -dijo a la Humilde Osaku. 

Su tierna esposa le dirigió una larga mirada, en la que se mezclaban la desesperación y la resignación: 

-Esta vez -dijo tan sólo-tendré que estar tres meses en el granero.

-¡No lo aproveches para holgazanear! -gritó todavía la madre mientras la Humilde Osaku desaparecía en el desván. 

Durante un mes la madre contuvo su impaciencia. Pero una sospecha la atormentaba. ¿Qué hacía su nuera? ¿Soñar en vez de trabajar? ¡Había manifestado tan poco entusiasmo! Y la madre, que soñaba en las monedas de oro brillando en la penumbra del cofre, se sentía el corazón ardiendo de codicia. Una mañana del segundo mes no pudo resistir más y, a pesar de su promesa, subió al granero. Cuando llegó ante la habitación de su nuera, pegó la oreja a la puerta. Ningún ruido, apenas se distinguía el batir suave y regular de un telar. Entonces, devorada por la curiosidad, la madre entreabrió la puerta, muy poco, justo el espacio necesario para lanzar una ojeada. ¡Lo que vio le hizo lanzar un grito de espanto! Delante de un gran telar, una grulla cenicienta se arrancaba las plumas de las alas para fabricar la tela maravillosa, estaba llena de salpicaduras de sangre y su pobre cabeza estaba exsangüe. La madre se quedó petrificada en el umbral. La grulla cenicienta reunió las últimas fuerzas que le quedaban y se fue volando por la ventana.

Korato la encontró al atardecer en la linde del bosque. Sus alas mutiladas le habían impedido ir más lejos. La hermosa grulla cenicienta murió no lejos del pino en que Korato la había encontrado antaño, mientras el sol poniente acariciaba por última vez los tonos de pizarra, el cielo gris matizado de su plumaje desgarrado.


*****

La pasión seca de los ambiciosos, de los ávidos de corazón, el deseo desenfrenado de honores, de poder, la sed de riquezas: «La carrera y la sed, la sed y la carrera a la vez», dice el poeta, la necesidad de poseer, de tener cada vez más, sin fin, sin tregua ni control... ésta es la desgracia del hombre, y su prisión.

El zen nos abre los ojos, enseña el desapego, la ligereza, la sabiduría del humor, permite el olvido de sí, la compasión, nos ofrece la paz interior y la libertad.


*****

«Actúa en el mundo como si jugaras; oh Raghava, ardiente en el exterior, no quemado en el interior; implicado sin estarlo; ve por el mundo como si jugaras, oh Raghava ... », dice la Baghavad Giui.



Extraído de:
La Grulla Cenicienta
Los más bellos cuentos zen
Henry Brunel

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