martes, 7 de octubre de 2014

CAPERUCITA, LA ABUELITA Y EL LOBO FEROZ


Carta 9

Caperucita, la abuelita y el lobo feroz van al terapeuta

«El reconocimiento de que tú eres la causa y no el efecto hará que no tengas más miedo: sentirás una nueva sensación de poder.»
Robert Fisher, El caballero de la armadura oxidada

Apreciado jefe (dondequiera que estés):

He decidido comunicarme con mi inconsciente para empezar a vivir mi vida de un modo distinto a como la vivo hoy. Pero hay un pequeño problema: no sé cómo hacerlo.

Lo ideal, pienso, sería solicitar ayuda a alguien que me merezca confianza, que esté dispuesto a escucharme... sin juzgarme. Esto es fundamental: sin que me sienta juzgado. Alguien que me permita expresar todo lo que pienso, todo lo que siento (mis temores, mis fantasías, lo que creo que son mis límites) sin sentirme amenazado por su reacción, por su rechazo, por su burla...

Yo pensaba que esa persona podrías ser tú, pero no sé si me escuchas. ¿Dónde estás, jefe? ¿Por qué no das señales de vida? 

Si no puedo contar contigo, ¿a quién puedo recurrir? Se me ocurre una posibilidad: pedir ayuda a un profesional. O sea, a un terapeuta, consultor personal, coach, psicólogo, orientador... alguien, en definitiva, que realmente me escuche con interés, que me genere confianza, que me permita mostrarme libremente.

Este alguien me acompañará en el camino de búsqueda hacia ese interior que no ha salido porque no ha encontrado el espacio, el lugar ni la forma para hacerlo... Así, progresivamente iré viendo las cosas de una manera distinta e imaginando nuevos posibles escenarios en los que ubicarme de forma más cómoda.

Muchas personas creen, erróneamente, que sólo van al psicólogo o piden ayuda los que están fatal, locos de atar, locos perdidos. O que pedir ayuda es un signo de debilidad, es reconocer que uno se ha roto bajo la presión.

Para muchos, ir a ver a un psicólogo o a cualquier profesional que te invite o acompañe a navegar dentro de ti implica asumir que «algo he hecho mal», que «no soy perfecto/a». Dudan y se preguntan: «¿Qué van a pensar de mí si me ven salir de esta consulta? Quizá van a pensar que soy un pervertido, un adicto, un infeliz, un inseguro, que soy débil, que lloro, que no soy fuerte, que no estoy seguro de mí, que tengo dudas, que tengo miedos, que me cuestiono a mí mismo...».

Y cuando pienso en ello, no puedo evitar gritar a pleno pulmón:

¿Y qué?
¿Hay algún problema?

¡El que esté libre de pecado que tire la primera piedra!

Muchos no se dan cuenta de que el verdadero desarrollo de la inteligencia emocional sólo se consigue a base de ser minero de uno mismo. Pero es harto difícil asumir ese reto. Es mucho más fácil pensar en las cosas que pensarse, o mejor, repensarse a uno mismo.

Porque lo que es realmente de locos es no someternos a revisión si sentimos que lo necesitamos, no supervisarnos, no ir a ver a un psicólogo, a un terapeuta que nos escuche y nos acompañe, para proceder a un chequeo, a un buen buceo en nuestro interior.

Así que empezaré a pensar en mí y a olvidarme de lo que puedan pensar los otros, porque quizás esos otros están en mi misma situación, buscando una vida plena y con sentido, sin atreverse a declarar abiertamente que hay cosas que no funcionan... Creo que casi todos necesitamos crear un espacio donde reencontrarnos, y que nos cuesta en general darnos el permiso para hablarnos y para hablar con alguien que nos acompañe y que nos escuche... Y así vamos viviendo como podemos, haciéndonos los fuertes, quizá muy confundidos, en un entorno donde muchos, por no decir casi todos, tenemos algo importante que revisar. Porque siempre, continuamente, hay cosas que revisar.

En relación con esto que te explico se me ocurre una pequeña fábula. Va sobre tres personajes que creían ser algo que no eran, y que se complicaron la vida porque asumieron como ciertas algunas verdades que les llevaron a comportarse, como a muchos de nosotros, de una manera un tanto absurda...

La historia dice así:

Éranse una vez Caperucita, su abuelita y el lobo feroz.

Un día, viendo que las cosas no iban del todo bien, que llevaban unas vidas un tanto ajetreadas y complicadas, y, sobre todo, que estaban cansados de vivir siempre el mismo cuento, decidieron ir a ver aun buen psicólogo. Al cabo de unos meses de trabajo terapéutico...

...Caperucita decidió dejar de hablar con lobos seductores, manipuladores y mentirosos que la engañaban y la hacían andar más de la cuenta por caminos largos y complicados.

...La abuelita decidió dejar de abrir la puerta a lobos que se hacían pasar por tiernas niñas, aunque peludas y con la voz ronca. Decidió, además, dejar de vivir en una casa aislada en medio del bosque y se compró un pisito en la ciudad. También contrató a una asistenta para que la cuidase y le hiciera la compra, a fin de evitar que su nieta tuviese que llevarle provisiones atravesando un bosque lleno de lobos mentirosos y peligrosos. Porque la abuelita, gracias a la buena fe de su hija y su nieta, había ido ahorrando con el tiempo dinero de sobras para pagarse el pisito y la asistenta.

...Y el lobo feroz decidió dejar de disfrazarse de abuelita y de meterse en camas ajenas para cazar. Vio que era más fácil cazar conejos en el bosque que complicarse la vida engañando a niñas y abuelas usando disfraces... Es decir, decidió ser un lobo de verdad, un lobo auténtico.

Y colorín colorado, el cuento se ha acabado...

¡Definitivamente!

Para descanso y felicidad de sus tres protagonistas.

Moraleja: quizá para empezar a ser felices de verdad lo que toca es empezar a ser sinceros con nosotros mismos para vernos tal cual somos, pedir ayuda si la necesitamos y, en definitiva...

¡Dejarnos de cuentos!

Afectuosamente,
Álex

P. D. Marcel Proust dijo en cierta ocasión: «Nada ha cambiado, sólo yo he cambiado; por lo tanto, todo ha cambiado». Creo que no hay mejor inversión que aquella que recae en nosotros mismos y que tiene como propósito que nos reconozcamos como responsables de nuestras vidas en lugar de como víctimas de las circunstancias.


Extracto del libro: 
La brújula interior
Conocimiento y éxito duradero 
Álex Rovira Celma

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