jueves, 26 de septiembre de 2013

¿ME ACEPTARÍAS NUEVAMENTE SI PROMETO CAMBIAR?


Una fuerza desconocida te lleva a pensar que eres capaz de hacer un cambio extremo en tu persona y reconquistar el amor perdido (crees sinceramente que, donde hubo un romance tan maravilloso, alguna cosa debe quedar). Le cuentas la «buena nueva» a tu ex, le juras que tendrá a su lado una
persona renovada y te haces un haraquiri emocional en su presencia, pero vuelves a encontrarte con el silencio aterrador de antes. Como último recurso te inventas un optimismo de segunda: 

«Quizá mañana cambie de parecer, quizá mañana despierte de su letargo». 

Y como al otro día no pasa nada, decides esperar un poco más, y así pasan las horas, los días... Al mes, has adelgazado cinco kilos y él o ella se mantiene firme en su decisión. Una vez más: ya no te quiere. Es una realidad y te niegas a aceptarla.

VENCER O MORIR

Y cuando todo parece acabado, te sacas un as de la manga. Desde tu más 
tierna infancia te han enseñado que nunca había que darse por vencido y que debemos 
luchar por lo que consideramos justo y valioso, así que decides llevar acabo una reconquista.


Pero, a cada intento, te humillas y el rechazo se confirma. Pensar que las
cosas que hacemos por amor nunca son ridículas es un invento de los que se profesan 
afecto: el amor te doblega, hace que te arrastres y, si te descuidas, acaba contigo. Con 
el paso de los días, a medida que el abandono se hace evidente, tu autoestima va para 
abajo. Uno no puede lidiar solo, quijotescamente, contra el desamor de la pareja e intentar 
salvar la relación. Se necesitan dos personas, dos ganas, dos necesidades, dos 
que «quieran querer».


Cuando verdaderamente ya no te aman, con independencia de las razones y 
causas posibles, hay que deponer el espíritu guerrero y no librarse a una batalla inútil y 
desgarradora. Luchar por un amor imposible, nuevo o viejo, deja muchas secuelas. Mejor 
sufrir la pérdida de una vez que someterse a una incertidumbre sostenida y cruel; 
mejor un realismo desconsolador que la fe que ignora razones, que nunca mueve montañas.

Del libro:
Manual Para No Morir de Amor
Walter Riso

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